1. JUANITA DEL MONTÓN


Así la llamaban en el barrio: "Juanita del montón". No porque hubiera un montón de Juanitas, sino por su colección de montones.
Ninguna cosa le gustaba de a una. Ni de a dos ni de a tres.
De "a muchas" para arriba. Por lo menos, de "a montón".
Ya de chica, a los siete años, se enfurecía porque eran sólo siete y quería tener más.
Entonces sumaba los años de todos sus amigos (los cinco de Manuela, más los siete de Ramón, más los ocho de Susana, más los cuatro de Javier). Y los convertía en un montón.
Y como para juntar un montón de años precisaba un montón de amigos, Juanita era la chica más amigable del barrio.
Ni ella misma sabía cuántos eran. Pero estaba segura de que al menos -los amigos- eran un montón.
Tal vez por eso guardaba con tanto celo un montón de ganas de jugar.
-Porque - decía Juanita -sólo teniendo un montón de ganas de jugar puedo encontrar un montón de amigos.
Y, bien, si para sumar aquel montón de años, necesitaba un montón de amigos, y para tener un montón de amigos juntaba un montón de juguetes, lo que a Juanita le hacía falta entonces, era un montón de espacio donde guardarlos.
Convenció a su mamá y a su papá de que fueran a vivir a una casa con un montón de habitaciones. Y cada habitación, con un montón de metros de largo y un montón de metros de ancho.
El problema fue que para limpiar un montón de espacio, se necesitaba un montón de escobas, un montón de trapos y un montón de jabón.
Como se imaginarán, para comprar semejante montón, hacía falta un montón de dinero.
Bien sabía Juanita que juntar tanto dinero le llevaría un montón de tiempo. Así que guardó una a una las hojitas del montón de almanaques. Día a día hasta que los días se volvieron un montón. De tiempo, claro.
Y casi sin darse cuenta, cumplió los dieciséis.
Hizo entonces una fiesta de cumpleaños en la que recibió un montón de regalos. Había preparado un montón de diversiones para que se divirtieran un montón de personas.
Allí descubrió a Joaquín entre el montón de invitados.
Y le pareció el más lindo, más bueno y más divertido que el montón.
Bailó con él toda la tarde. Hasta que la fiesta se acabó.
Al día siguiente, y para no perder su costumbre de amontonar, Juanita se fue a buscar muchos Joaquines para tenerlos en el montón.
Dio un montón de pasos, atravesando montones de calles durante un montón de horas y todo fue inútil.
No pudo encontrar uno sólo que fuera como el Joaquín de su fiesta.
Sintió un montón de tristeza. Y derramando un montón de lágrimas, descubrió que tenía un montón de amor dentro de un sólo corazón.
Y fue al médico para que le diera algunos corazones más.
--Esto es imposible --dijo el doctor. Para cada persona existe un sólo corazón.
--¿Qué voy a hacer? - se dijo Juanita. Y juntando el montón de palabras que conocía, trató de armar un montón de pensamientos que la ayudaran a encontrar un montón de soluciones para su problema.
Pero sólo se le ocurrió una idea: ir a buscar a Joaquín.
El único Joaquín que conoció.
Lo buscó y lo buscó durante largas noches. Hasta el día en que volvieron a encontrarse... Fue en medio de un montón de alegría en que Juanita y Joaquín se enamoraron. Y, aunque parezca mentira, entregándose un montón de amor, fueron felices un montón de tiempo.
Por Silvia Schujer.

2. FRIDA


De regreso al estudio. Otra vez, primer día de colegio. Faltan tres meses, veinte días y cinco horas para las próximas vacaciones. El profesor no preparó clase. Parece que el nuevo curso lo toma de sorpresa. Para salir del paso, ordena con una voz aprendida de memoria:
-Saquen el cuaderno y escriban con esfero azul y buena letra, una composición sobre las vacaciones.
Mínimo una página por lado y lado, sin saltar renglón. Ojo con la ortografía, y la puntuación. Tienen cuarenta y cinco minutos. ¿Hay preguntas?
Nadie tiene preguntas. Ni respuestas. Sólo una mano que no obedece órdenes porque viene de vacaciones. Y un cuaderno rayado de cien páginas, que hoy se estrena con el viejo tema de todos los años: "¿Qué hice en mis vacaciones?"
"En mis vacaciones conocí a una sueca. Se llama Frida y vino desde muy lejos a visitar a sus abuelos colombianos. Tiene el pelo más largo, más liso y más blanco que he conocido. Las cejas y las pestañas también son blancas. Los ojos son de color cielo y, cuando se ríe, se le arruga la nariz. Es un poco más alta que yo, y eso que es un año menor. Es lindísima.
Para venir desde Estocolmo, capital de Suecia, hasta Cartagena, ciudad de Colombia, tuvo que atravesar prácticamente la mitad del mundo. Pasó tres días cambiando de aviones y de horarios. Me contó que en un avión le sirvieron el desayuno a la hora del almuerzo y el almuerzo a la hora de la comida y que luego apagaron las luces del avión para hacer dormir a los pasajeros, porque en el cielo del país por donde volaban era de noche.
Así, de tan lejos, es ella y yo no puedo dejar de pensarla un solo minuto. Cierro los ojos para repasar todos los momentos de estas vacaciones, para volver a pasar la película de Frida por mi cabeza.
Cuando me concentro bien, puedo oír su voz y sus palabras enredando el español. Yo le enseñé a
decir camarón con chipichipi, chévere, zapote y otras cosas que no puedo repetir. Ella me enseñó a besar. Fuimos al muelle y me preguntó si había besado a alguien, como en las películas. Yo le dije que sí, para no quedar como un inmaduro, pero no tenía ni idea y las piernas me temblaban y me puse del color de este papel.
Ella tomó la iniciativa. Me besó. No fue tan fácil como yo creía. Además fue tan rápido que no tuve tiempo de pensar "qué hago", como pasa en el cine, con esos besos larguísimos. Pero fue suficiente para no olvidarla nunca. Nunca jamás, así me pasen muchas cosas de ahora en adelante.
Casi no pudimos estar solos Frida y yo. Siempre estaban mis primas por ahí, con sus risitas y sus secretos, molestando a "los novios". Sólo el último día, para la despedida, nos dejaron en paz.
Tuvimos tiempo de comer raspados y de caminar a la orilla del mar, tomados de la mano y sin decir ni una palabra, para que la voz no nos temblara.
Un negrito pasó por la playa vendiendo anillos de carey y compramos uno para cada uno. Alcanzamos a hacer un trato: no quitarnos los anillos hasta el día en que volvamos a encontrarnos. Después aparecieron otra vez las primas y ya no se volvieron a ir. Nos tocó decirnos adiós, como si apenas fuéramos conocidos, para no ir a llorar ahí, delante de todo el mundo.
Ahora está muy lejos. En "esto es el colmo de lo lejos", ¡en Suecia! y yo ni siquiera puedo imaginarla allá porque no conozco ni su cuarto, ni su casa, ni su horario. Seguro está dormida mientras yo escribo aquí, esta composición.
Para mí la vida se divide en dos: antes y después de Frida. No sé cómo pude vivir estos once años de mi vida sin ella. No sé cómo hacer para vivir de ahora en adelante. No existe nadie mejor para mí.
Paso revista, una por una, a todas las niñas de mi clase (¿las habrá besado alguien?).
Anoche me dormí llorando y debí llorar en sueños porque la almohada amaneció mojada. "Esto de enamorarse es muy duro...".
Levanto la cabeza del cuaderno y me encuentro con los ojos del profesor clavados en los míos.
A ver, Santiago. Léanos en voz alta lo que escribió tan concentrado.
Y yo empiezo a leer, con una voz automática, la misma composición de todos los años:
"En mis vacaciones no hice nada especial. No salí a ninguna parte, me quedé en la casa, ordené el cuarto, jugué futbol, leí muchos libros, monté en bicicleta, etcétera, etcétera".
El profesor me mira con una mirada lejana, incrédula, distraída. ¿Será que él también se enamoró en estas vacaciones?
Por Yolanda Reyes


3. OLIVIERO JUNTA PREGUNTAS


Oliverio coleccionaba preguntas como quién junta figuritas. Pero con tres diferencias:
1) que no podía comprarlas en los quioscos;
2) que nadie se las cambiaba; y
3) que el álbum no se llenaba jamás.

Sabía que no podía comprarlas en el quiosco porque cada vez que lo intentaba la quiosquera lo miraba con cara rara, le regalaba un caramelo y le decía: "Vaya, m´hijito, nomás".
Había comprobado que nadie se las cambiaría porque cada vez que mostraba una pregunta, le devolvían una respuesta.
Y el álbum no se llenaba jamás porque el lugar donde escribía las preguntas no era un álbum sino un cuaderno de tapas duras. Pero volvamos al principio.
Oliverio coleccionaba preguntas como quien junta figuritas. Preguntas de toda clase.
Grandes y chicas como: ¿Te gustaría saber por dónde queda el río por el cual el último barco fenicio pasó antes de que la civilización romana llegara a su fin? O bien: ¿Cómo te va?
Fáciles y difíciles como: ¿De qué color era el caballo blanco de San Martín? O bien: ¿Cuál es la raíz cuadrada de dos millones ochocientos cincuenta mil uno?
Interesantes o estúpidas como: ¿Por qué si la Luna es más chica la veo más grande que a cualquier estrella? O bien: ¿Seré el chico más bello del mundo?
Cuando empezó, las únicas que juntaba eran las preguntas que se le ocurrían a él.
Con el tiempo, los amigos se interesaron por ayudar a Oliverio y le regalaron un montón de las suyas.
Preguntas de toda clase.
De mujeres y de varones. Con respuestas o sin respuestas. Aburridas y simpáticas. Dulces y saladas. Con palabras raras y hasta con palabrotas.
Oliverio se cansó de escribir preguntas en su cuaderno. Hasta que un día se le empezaron a repetir.
Venía uno con una pregunta dificilísima y Oliverio decía: "Ah, esa ya la tengo"
Repetida. Repetida. Repetida.
Le venían todas las preguntas repetidas.
Hasta que conoció a María Laura y, de una sola vez, se le ocurrieron diez mil: ¿Quién es esa chica? ¿Cómo se llama? ¿Por qué es tan linda? ¿De qué color tiene los ojos? ¿Le hablo o no le hablo?
No tenía ninguna.
¿Por qué no puedo dejar de mirarla? ¿Cuántos años tiene? ¿A qué escuela va?¿La invito o no la invito a pasear?
Anotó en su cuaderno sin parar.
¿Por qué usa flequillo? ¿Sabrá patinar? ¿Dónde vive? ¿Le gustará ir al cine conmigo?
Escribió como cuatro horas seguidas.
Su colección creció de golpe. Llenó de preguntas hasta la última hoja del cuaderno.
Y ya iba a iniciar uno nuevo, cuando de repente. ¡Seguro que se le acabó la tinta!
Salió a la vereda y la encontró.
Lo primero que supo es que se llamaba María Laura y lo demás decidió averiguarlo de a poco.
Pero volvamos al principio.
Oliverio coleccionaba preguntas como quien juntaba figuritas.
Y desde entonces, sin proponérselo, un nuevo cuaderno se le fue llenando de respuestas.
Por Silvia Schujer


4. PREGUNTAS GUÍA

  • ¿Alguno de ustedes ha sentido a lo largo de su corta vida, como Juanita, un montón de amor dentro de un solo corazón?
  • ¿Por qué de pronto Juanita se olvida de los montones, el novio de Frida escribe una composición que no entrega al maestro y Oliverio encuentra nuevas preguntas?
  • Se les ocurre por qué al novio de Frida le parece que ella se encuentra en "esto es el colmo de lo lejos", ¿tiene que ver con la ciudad donde ella vive?