1. UN MOJADO MIEDO VERDE



Hay alguien atragantado de miedo, metido hasta el cuello, en las aguas quietas de Laguna Verde.
Hoy, precisamente hoy, empieza la Gran Fiesta del Pescado Frito y , como todos los años, Laguna Verde se llena de pescadores que llegan desde lugares lejanos, alegres, con sus tanzas, sus cañas, sus anzuelos. Si supieran lo que está pasando, no se meterían con sus frágiles botes en las aguas, en apariencia tranquilas, de la laguna, ni remarían, buscando peces, hasta el centro mismo de las aguas mansas.
Tampoco las parejas de enamorados se perderían entre los juncos para besarse al sol. Porque... Hay un monstruo verde en la Laguna Verde. No existe en el mundo nada más horripilante que este monstruo lagunoso. Tiene dos pares de patas que terminan en sólidas garras afiladas. Su cuerpo es verde mate cocido, como el agua de la laguna. Su piel, rugosa y áspera y también viscosa por el lado de atrás. Sus ojos son amarillos pero, cuando empieza a oscurecer, se vuelven rojos como la sangre... Y, además, tiene una cola oblicua llena de púas que hace cimbrar, como una serpiente negra. De la cabeza a las patas, el monstruo mide casi cuatro metros. Sin embargo nadie lo ha visto nunca porque su piel verde se confunde con el agua verde de la laguna.
Nadie sabe que está ahí.
Nadie, no..., alguien sí lo sabe. Alguien que, sumergido hasta el cuello en el agua, está viendo algo que lo deja mudo, algo que lo paraliza de terror...
Los botecitos de los pescadores comienzan a deslizarse por la laguna, livianos como mosquitas de colores. Avanzan lentamente, sigilosos, para no alertar a los peces. Todo está ligeramente envuelto en un tranquilo silencio; apenas si se escucha el chapoteo suave de los remos al cortar el agua, y el canto alegre de las chicharras.
Ninguno imagina que, a pocos metros, alguien paralizado por el terror, con el agua hasta el cuello, tirita de miedo.
El monstruo de la laguna verde es carnívoro.
Su larguísima lengua roja actúa como un látigo de acero que atrapa, tritura y muele, igual que una multiprocesadora. Gracias a su vertiginosa lengua, el monstruo sería capaz de devorarse hasta un buey y digerirlo como a una aceituna.
En la oscuridad de la noche, sus ojos rojo-sangre parecen dos estigmas de fuego, capaces de aterrar al más valiente.
Pero ahora es de día, y alguien tiembla en la laguna; tiembla sin poder gritar, sin atinar a moverse, sin sentirse capaz de poder abrir la boca para pedir ayuda siquiera.
Los pescadores ya tiraron sus hilos (las carnadas flotan apenas unos centímetros bajo el agua...) y se disponen a esperar. Algunos toman mate para pasar el tiempo. En medio del silencio, de los juncos, del sol, el día tiene la paz de esos paisajes de almanaque. ¿Quién, mecido por la paz del lugar, podría suponer que alguien desmaya de terror en la laguna?
El mosntruo pesa como doscientos treinta kilos; su cuerpo está semienterrado en el barro. Sus garras traseras salen de unas patas que tienen una poderosa musculatura, como un resorte capaz de permitirle un salto mortal. Sin embargo, su mejor arma, la invencible, es mimetizarse con el agua hasta casi desaparecer. Cualquiera, desprevenido, podría pasar por encima de él sin advertir que su gran bocaza oscura, con sus setenta y ocho colmillos, afilados como estiletes, podría estar abierta, a la espera de un cuerpo o dos o cincuenta y seis le penetren hasta el fondo de la garganta para... ¡¡ÑÑÑÑAMM!! cerrarse de golpe, como una poderosa compactadora de metales.
Los pescadores lo ignoran y sólo sueñan con sus botes desbordando de pescados y con la hermosa copa que adornará la vitrina del campeón de la Gran Fiesta Anual del Pescado Frito.
Ajenas a todo, las parejas de enamorados siguen felices entre los juncos...
Sólo alguien, con el alma en un hilo, ya al borde del pánico en la Laguna Verde, ve que la situación se vuelve cada vez más difícil, ingobernable, inminente...
Las embarcaciones se van acercando perezosamente; buscando peces, se acercan más y más hacia el centro de la laguna, donde el mosntruo se confunde con el agua.
Se acercan sin imaginar lo que hay allí; ya rozan con los remos, sin querer, la horrible piel viscosa, la gruesa piel verde del monstruo verde de la laguna.
Y el monstruo, que ya hace rato los ha estado viendo aproximarse, con sus cañas, sus tanzas y sus anzuelos, no puede evitarlo y tirita de miedo, se hace pis del terror. Trata de hacerse chiquito mientras se pregunta por qué su mamá se fue y lo dejó tan solito en ese horrible lugar.

Por Graciela Falbo


2.LA GUERRA DE LOS CIEN AÑOS



El País de los Gorras Azules y el País de los Gorras Rojas no se llevaban nada bien. Es más: se llevaban mal, muy mal, tan mal se llevaban que entraron en guerra.
-¡Mueran los Gorras Rojas! -gritó el presidente de los Gorras Azules parado en un banquito.
-¡Mueran los Gorras Azules! -gritó el primer ministro de los Gorras Rojas desde lo alto de una escalera.
-¡Guerra! ¡Guerra! -aullaron los dos y sus voces resonaron por todo el mundo.
El presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas juntaron sus armas: tanques inmensos, misiles veloces, portaviones como ciudades, bombas, metralletas, granadas, morteros, balas redondas, balas afinadas. Los armamentos se fueron acumulando a las puertas de las dos ciudades y todos se prepararon para una guerra.
-Sólo faltan los soldados -dijo el presidente de los Gorras Azules.
-Los soldados son lo único que falta -dijo el primer ministro de los Gorras Rojas.
Entonces el presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas pronunciaron muchísimos discursos.
-¡Muchachos! ¡Mis valientes! -decían. -¡Vamos a la guerra!
Pero los muchachos del País de los Gorras Azules estaban cosechando el trigo, o cambiándole el aceite a los autos, o tocando la guitarra, o juntando flores para regalárselas a la chica mas linda.
Y los muchachos del País de los Gorras Rojas estaban cosechando maíz, o desarmando una radio, o bailando rock, o mirando el cielo para ver caer una estrella.
-¡Muchachos! ¡Mis valientes! ¡Vamos a la guerra! -insistían el presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas. -¡Démosle su merecido al enemigo! ¡Destruyámoslo! ¡Aplastémoslo! ¡Hundámoslo! ¡Reventémoslo!
Y todos los televisores de los dos países retumbaban con esas palabras. Y en todas las esquinas de las dos ciudades había carteles con un dedo acusador que decían "Muchachos. Mis valientes. ¡Vamos a la guerra!". Pero los muchachos seguían cosechando y bailando y cantando y juntando flores y mirando el aire.
Entonces el presidente de los Gorras Azules y el primer ministro de los Gorras Rojas sonrieron en los televisores y les prometieron medallas brillantes a los que quisiesen ir a la guerra. Y después rugieron y amenazaron con mandar a la cárcel a los que no quisiesen ir. Y ni aún así hubo soldados suficientes.
Pero las guerras no esperan. Así que el pequeño ejército de los Gorras Azules -tan pequeño que los dedos de una mano y un pie alcanzarían para contar sus soldados- se puso en marcha hacia el País de los Gorras Rojas. Los dos ejércitos marcharon, uno contra el otro. Atravesaron pantanos, llanuras inmensas, bosques tupidos y cadenas de montañas tan altas que trepaban más que las nubes. A veces creían divisar al enemigo a lo lejos y el general daba la orden: "¡Apunten! ¡Fuego!", pero no era el enemigo; era un tren de carga, o un ñandú que corría a lo loco, o una bandada de pájaros que levantaba vuelo. El enemigo estaba, mientras tanto, a muchísimos kilómetros de allí, gritando: "¡Apunten! ¡Fuego!" y gastando sus balas en lo que le había parecido un ejército y que en realidad no era más que una nube baja o una parva de pasto.
Hace años que caminan y se buscan. Y siguen caminando y buscándose todavía. Son dos países muy grandes y dos ejércitos demasiado pequeños. Lo más probable es que no se encuentren sino por casualidad y al cabo de cien años. Eso al menos es lo que calculan los científicos. Y, para cuando se encuentren, los hombres estarán demasiado viejos, y los tanques, los misiles, las metralletas, las bombas, los morteros y las balas, muy pero muy oxidados.
Por Graciela Montes


3. PREGUNTAS GUÍA



Un mojado miedo verde
¿Qué es lo que más les da miedo en el mundo?
Si pudieran platicar con el pequeño monstruo, ¿qué le aconsejarían para que se deshiciera de su miedo?

La guerra de los cien años
¿Por qué a los muchachos de los dos países no se les hacía tan importante participar en la guerra y preferían hacer otras actividades?
¿Creen que sea conveniente estar enojados con alguien tanto tiempo? ¿Qué harían si fueran presidentes de alguno de estos dos países, para acabar con esta guerra?
¿Alguna vez se han enojado tanto con alguien? Platiquen cómo resolvieron ese problema.