1. EL JUICIO DE LOS ÁRBOLES CONTRA EL HOMBRE


En una montaña alta se oían las voces de unos grandes señores. Esos grandes señores eran los árboles, los cuales se encontraban en un juicio, con un río. Ese río era el hombre, quien atormentado y sentado en una silla se agarraba la cabeza en señal de preocupación. Todos los árboles de todas las especies y de todos los climas habían asistido a ese juicio, para ver si se hacía justicia, y para ver la derrota del hombre.
Momentos después se le dio la palabra a la Defensa de los árboles, y él llamó al señor Eucalipto para que dijese su relato.
—Yo estaba tranquilo con mi familia y mis amigos admirando el hermoso paisaje y resguardando en nuestras ramas a las aves del cielo. ¡¡De pronto!! Vi con gran terror y susto al hombre con un hacha enorme en las manos, talando el cuerpo de mi hijo en todas partes, y así siguió con todos los demás. De esa masacre sólo nos salvamos algunos cuantos en esa montaña.
Entonces la Defensa de los árboles preguntó:
—¿Y para qué cortaron tantos árboles?
—Para hacer carreteras y vías de comunicación entre ellos —le contestó.
—Gracias —le dijo la Defensa.

Luego pidió la palabra la Defensa del hombre:
—Su Señoría, el hombre hace lo que hace por la superación de su especie no por ser malo ni por otra cosa. Ahora permítanme interrogar a un testigo.
—Aceptado —le contestó Su Señoría.

La Defensa llamó a la señora Ceiba, quien dijo:
—¿No es cierto señora Ceiba que Ud. vio cuando el hombre sembraba árboles?
La señora Ceiba con voz pasiva dijo:
—Sí, es cierto, pero al igual vi cuando cortaba cientos de árboles para exportar sus maderas.
—¿Pero volvió a sembrar árboles en el mismo lugar?
—No —le contestó —yo nunca vi que él sembrara árboles en el mismo lugar en donde los talaba.
—Gracias —le dijo la Defensa.

La Defensa de los árboles llamó al señor Caoba y lo interrogó:
—Señor Caoba, díganos su relato por favor.
—Yo me encontraba comiendo en una mañana soleada, donde todas las aves salían al vuelo, y de repente vi al hombre con una escopeta enorme en las manos y de pronto ¡¡pum!!... sonó la escopeta y derribó a muchas aves, y no era para alimentarse, sino para algo que ellos llaman hacer deporte.
—¿Y sólo eso vio? —le preguntó la Defensa
—No —le contestó. —También vi cuando se llevaron al señor gusano de seda, para meterlo al agua hirviendo y sacarle un hilito que les sirve para hacer vestidos finos que no son necesarios.
—Gracias —le dijo la Defensa, y prosiguió:
—Lo ve su Señoría: el hombre no hace más que perjudicar a todas las criaturas de todas las especies del mundo entero.

El juez y los del consejo deliberaron, y de pronto, el juez dio la sentencia:
—Se le declara al acusado culpable de los hechos, y se le condena a la extinción.
—La sesión se da por terminada —dijo Su Señoría.

Y la Defensa del hombre, el perro fiel y el buen amigo, sólo agachó la cabeza, y se le vio una lágrima rodando por su mejilla.
Por Claudia Ivanova Molina Cifuentes


2. RETOS, OBSTÁCULOS Y ACERTIJOS POR UNA GRAN RECONCILIACIÓN


Una mañana muy fría de invierno, me asomé a la ventana y observé esa triste caída de las hojas de los árboles hacia el jardín.
Sentí dentro de mí una sensación de algo que se iba y volvería en un futuro próximo. El silbido del viento me conmovió hasta que escuché a mamá que decía:
—Hija: acompaña a tu hermano, y recojan leña para la chimenea. Vayan con los caballos para que no se demoren.
—Sí mamá. Ahora voy —contesté con mucho entusiasmo.

Salimos con los caballos del establo y le dije a mi hermano que pasáramos por el bosque a recoger hojas secas después de recolectar la leña.
Así lo hicimos y empezamos a recolectar hojas secas, hasta que me di cuenta de que el tiempo se había pasado volando. Cómo habíamos tardado, le dije a Carlos que volviéramos a casa galopando aceleradamente, para que mamá no se preocupara.
Empezamos a cabalgar, cuando de pronto mi hermano se cayó del caballo. Le dolía mucho el brazo, lo cargué y lo llevé en mi caballo con extremo cuidado. En ese momento me sentí culpable porque fue a mí a quien se le ocurrió recoger hojas secas.
Cuando llegamos a casa, mi desdicha fue tan grande, me decidí huir. Corrí hacia el bosque, luego caminé y caminé hasta que el cansancio me hizo dormir.
Estaba durmiendo profundamente. De repente, me vi corriendo por el bosque una vez más y me encontré con una puerta donde había un enorme cartel que decía:
—Si quieres volver a casa, pasa por mí y lo lograrás.
Abrí la puerta, vi un jardín inmenso y en el centro había una linda ardillita que se hacía llamar Memoria. Me acerqué a ella y le pregunté:
—¿Por qué te llaman así?
La ardilla, sin demora, respondió:
—Me llamo así porque soy campeona en un juego llamado “Memoria”. Este es un juego de figuras de objetos y animales que se colocan volteados. Yo volteo dos figuras y tú tratarás de recordarlas; luego, tú sacarás dos más y si tuvieras una igual a la que yo saqué, la ubicas y así formarás un par de figuras iguales y así continuaremos sucesivamente. Cuando se acaben las figuras, contaremos quién formó más pares y esa será la ganadora.
Empezó la ardilla, sacó “perro-gato”; mi turno: saqué “paloma-perro”,
“gato-gato” y ¡zaz! perdió. Era mi turno: “león-león”, “piedra-piedra” y perdí.

Así continuamos jugando y cuando se acabaron las figuras, empezamos a contar: uno, dos, tres...once, doce.
—Ya no me quedan figuras —gritó la ardilla.
—¡Perdiste! —grité con entusiasmo. Te he ganado.
—Muy bien —dijo la ardilla —ahora pasarás al siguiente obstáculo, sigue por ese pasadizo.
—Caminé mucho hasta que encontré a un anciano que dijo llamarse Matemática. Me dijo que si acertaba este problema pasaría al último reto. Matemática empezó a escribir número tras número. Multiplicación, división, suma y resta; su mano era más rápida que mi vista.

Si mal no recuerdo el problema era así:
5+8/1+10x9+10-7x5/2x20+15-3+2-10=?

Mi mente ya iba a explotar cuando de pronto respondí:
—¡Diez mil quinientos cuatro!
Matemática me miró emocionado y me dijo:
—Correcto, pasa por esa puerta y llegarás al dueño de los acertijos.
Encontré a un hombre muy pequeño y sentado en un sillón dorado y me dijo:
—Te diré mi acertijo preferido y difícil a la vez, tendrás que ser muy audaz.

“Tres son y son de veras diferentes
pero todos juntos forman una sola gran verdad.
Si quieres puedes distinguir los tres:
El primero nos une cada vez más y más.
El segundo hace que entendamos el comportamiento de los hombres.
El tercero está entre nosotros.
Los otros no existirían sin él.
Los tres juntos forman uno solo que los pueblos luchan por alcanzar.
Repetirlos parece fácil.
Y sentirlos aún más.
Ahora piensa y dime esa gran verdad”

Me quedé estupefacta sin saber qué decir y empecé a descifrarlo:
—El primero cada vez más y más... ¡La cooperación! El segundo hace que entendamos el comportamiento de los hombres... ¡La comprensión! El tercero está entre nosotros... ¡El amor!
—¡Maravilloso! —gritó el dueño de los acertijos. —Y ahora bien: ¿Qué logramos con ellos tres?
—¡La paz! —exclamé con entusiasmo.
—Ve a buscar al juez de los retos, obstáculos y acertijos y cuéntale los logros que has conseguido.

El juez alegremente me escuchó y dijo:
—Podrás volver a casa después de que diga las palabras mágicas:
—Cha cha purri pú, vuelve a casa tú.

Cuando regresé a casa mi alegría era tan grande que comprendí que la caída de Carlos no fué culpa de nadie. Me acerqué a él y le dije:
—Perdón, Carlos. Hice de veras una tontería.
Mi hermano y yo nos abrazamos y lloramos de felicidad. Y así volvió, para toda la vida, la paz que siempre quisimos.
Por Carla Ximena Torres Zagarra


3. LA PIEDRA MÁGICA


Un día, mientras yo jugaba, golpearon la puerta. Yo salí corriendo para ver quién era. En esa carrera desde el fondo hasta la puerta principal, le di un codazo al jarrón de la abuela que se cayó al suelo y se hizo papilla.
—¡Ay, mi Dios querido!
Mamá no estaba por suerte, pero cuando viniera y me preguntara por qué el jarrón de la abuela no está en su lugar. ¿Qué le diría?
En el momento menos pensado llegó mamá y, como yo me lo temía, lo primero que dijo al verme fue:
—Lorena, ¿dónde está el jarrón de la abuela?
Tenía tantos nervios, que me empezaron a temblar las piernas. ¡Qué miedo!
—Lorena. No me contestaste.
—Si mamá eh... eh... eh... le di un codazo y se rompió.
—¡No, no puede ser! ¡Qué niña tan irresponsable y atropellada!
—Yo no tengo la culpa —dije ya más tranquila.

Y mamá, enojadísima, me corrió por toda la casa hasta el jardín. Allí fue donde ocurrió algo extraño. Mientras yo corría, sin querer pisé una piedra blanca, blanca como la nieve y me transforme en un libro.
Era una piedra mágica. A mamá le llevaba tanta distancia que ni se dio cuenta de que yo había desaparecido. Pero sí se dio cuenta de que había un libro en el jardín y exclamó:
— ¡Esta niña, además de ser irresponsable y atropellada, es descuidada!
—y tomó el libro.

Mamá es tan curiosa como yo, así que abrió el libro y comenzó a leer. Yo era un libro que explicaba a las madres como tratar a los niños.
A mí me gustaba que lo leyera porque así, en vez de gritarme fuerte y a veces castigarme, me hablaría con voz suave y me haría entender cariñosamente mis errores.
Me divierto mucho al ver que estoy transformada y enseñando, aunque no juego. Entonces, después que a mamá se le pase el enojo y haya aprendido que las cosas no se arreglan a gritos, iré corriendo y le daré un beso grande.
Por Lorena Rodríguez


4. LA MUÑECA DE CARNE Y HUESO


Juanita era como una planta andina* que sus padres transplantaron en la ciudad de Lima. Muy difícilmente se adapta a los rigores naturales y sociales del asentamiento humano al que llegaron como invasores, con muertos y detenidos en el que vivían ella, sus padres y un perro entre nueve palos y cinco esteras**. A paso de tortuga pasaron cinco años. Juanita no estudiaba, y para bien o para mal, llegó a tener una hermanita. Posiblemente sus padres no la desearon, pero terminó como una más de esa familia con pocos recursos y muchos sufrimientos por delante. Su padre tuvo la suerte de conseguir una guardianía*** en la casa de un señor acaudalado, en Zárate. El dueño tenía varias casas. Cada fin de semana con su esposa y su única hija, que era casi de la edad de Juanita, iba a visitar su local, en su lujoso automóvil. Allí, en una de sus habitaciones, muy ajustadamente, vivían Juanita y sus familiares.
En cada visita, la hija del dueño llevaba muchos juguetes para mostrárselos a Juanita, pero sin permitir que ella los tocara. Cierto día le mostró una muñeca dormilona que caminaba y recitaba, y le dijo que sólo ella tenía este hermoso juguete. Juanita, sin sentirse menos y con el orgullo natural de una mujer de raíces andinas, contestó que ella tenía una muñeca aún más hermosa, que además de dormir y caminar, comía, reía y lloraba con ella.
La niña millonaria, muy presumida, quiso ver esa muñeca que Juanita dijo que estaba durmiendo en su hermosa cuna. A la fuerza y empujando a Juanita, penetró en la habitación y encontró a la "muñeca de carne y hueso", que era su hermanita que dormía en una cuna de caja vacía de leche "Gloria".
*Andina : adj. Relativo a la cordillera de los Andes.
Estera: Tejido grueso vegetal como alfombra, de junco o palma, para cubrir el suelo de las habitaciones. Estera o “petate”.
*Guardianía: Puesto ocupado por el conserje.
Por Carlos Alberto Rodas Quispe


5. PREGUNTAS GUÍA


“El juicio de los árboles contra el hombre”
  • ¿Qué harían si, en lugar de los árboles, fuera la humanidad la especie en peligro de extinción?

“Retos, obstáculos y acertijos por una gran reconciliación”
  • ¿Qué tipo de retos, obstáculos o acertijos le hubieran impuesto a la niña del cuento para que pudiera regresar a su casa, si la encontraran perdida en el lugar donde viven?

“La piedra mágica”
  • ¿Si estuvieran en apuros y tuvieran una piedra mágica en qué objeto se convertirían y para qué?

“La muñeca de carne y hueso”
  • ¿Qué sintieron cuando leyeron este cuento y qué piensan sobre éste?